4.1.12

Déjà vu

Cuando abrió los ojos, David ya estaba odiando ese martes.
 Desayunó lo más rapido que pudo, porque ya casi no tenía tiempo. La ducha que tomó para despabilarse duró más de la cuenta esa mañana. Tomó las escaleras desde el 7mo piso donde vivía (no usaba el ascensor porque tenía miedo de cruzarse a Josefina, la inquilina del 5to C -"poseedora de una belleza estupidizante", según el mismo David- y perder toda capacidad de articular palabras coherentes, como le sucedía siempre que se la encontraba) y bajó tan apurado que llegó a la puerta casi sin aliento. -Ya está, hoy dejo de fumar- se dijo.
 Afuera, la calle era un concierto a destiempo. Motores, bocinas, un tango que salía de una ventana. Cada uno tenía un director distinto. Por suerte, David tenía su mp3 a mano y tapó la voz de la urbe con un disco de Rush saliendo por sus auriculares, como para arrancar bien la jornada.
 Mientras cruzaba Senillosa, la guitarra de Lifeson se imponía tan bien a los ruidos del mundo real que David nunca escuchó el 112 que se lo llevó por delante.
 Cuando abrió los ojos, David ya estaba odiando ese martes.