Vienen por mí, lo sé. Lo siento en cada fibra de mi cuerpo. Estuve tan ensimismado jugando mi juego que no me percaté del caos que yo mismo estaba provocando. Ahora ya es muy tarde, supongo.
Sólo Dios sabe lo que harán conmigo, a dónde me llevarán. ¿Dios? No. No creo que exista tal cosa. Si ese sujeto existiera no dejaría que esto pase. No hay nada que hacer: Vienen por mí.
Cada gota de mi sangre se vuelve gélida cuando los siento subir la escalera. En cuestión de segundos estarán aquí. Por un instante creo que ha llegado el fin, pero la ventana abierta me da una peligrosa idea. Jamás me he aventurado solo al exterior. Jamás, en los ya tres años y medio que llevo habitando este horrible planeta; pero escapar es mi única opción.
Tomo algunos bloques y los apilo bajo la ventana. Ágilmente escalo esa montaña que me lleva hacia la libertad y cruzo el umbral. De pronto, estoy afuera. Estoy libre.
La puerta de la habitación se abre.
-Pero, che... ¡Mateo, vení ya mismo a ordenar estos juguetes! -Gritó, hastiada, la madre del pequeño, quien, para estas alturas, estaba ya muy lejos de allí.